Las quemaduras se pueden clasificar en tres grupos: las de primer grado (superficiales que dañan la capa externa de la piel que se enrojece y reseca, pero sin la formación de ampollas), de segundo grado (un poco más profundas, que afectan la epidermis y parte de la dermis, con enrojecimiento, ampollas y supuración de la zona) y las de tercer grado (que dañan la capa más profunda de la piel e incluso pueden afectar a los tejidos que están debajo de ella, con pérdida de las terminaciones nerviosas).

En la etapa aguda de las quemaduras, el objetivo de la cirugía plástica es entregar al paciente las condiciones óptimas para cicatrizar adecuadamente y en plazos cortos. Cuando ya sabemos que por la profundidad de la lesión no hay posibilidad de cicatrizar, entonces el objetivo del tratamiento pasa a ser la reparación precoz mediante injertos, colgajos u otros.

Posteriormente, en la etapa crónica, los cirujanos plásticos monitorean el resultado estético y funcional de las cicatrices, y resuelven las secuelas cuando se presentan. Para esto contamos con múltiples herramientas de cirugía reparadora que van desde cosas simples como la dermoabrasión y compresión, hasta
las más complejas como expansores cutáneos o colgajos microquirúrgicos.

Definir qué tipo de procedimiento se realizará depende de diversos factores, siendo los más importantes la edad del paciente, la ubicación, extensión y profundidad de la quemadura. De acuerdo a estas variables, debemos decidir la alternativa y momento de reparación.

La ubicación de la lesión tiene particular relevancia. Cuando hay compromiso de zonas con riesgo de secuelas estéticas o funcionales graves como cara, cuello, manos, pies, articulaciones o periné, el enfoque debe ser distinto en términos de priorización y del alto estándar de la reparación que requieren.